
Durante mucho tiempo creí que la felicidad era algo que se conseguía. Que llegaba cuando tenías el trabajo adecuado, los logros correctos, la vida “bien hecha”. Y viví así durante años: persiguiendo, logrando, cumpliendo… hasta que todo eso dejó de llenarme.
Ahí empezó mi punto de quiebre: un vacío difícil de explicar. Como si por fuera todo estuviera bien, pero, por dentro, algo se hubiera apagado. Fue el inicio de un cambio profundo. Me fui a vivir a Australia.
Dejé atrás lo que conocía, lo que me definía y también todo lo que creía que era mi identidad. Terminé viviendo en mi coche durante un año y medio, lejos de todo lo que había construido.
Y en ese silencio, en esa desconexión total, pasó algo que llevaba tiempo queriendo: empecé a encontrarme.
En Australia entendí algo que nunca había visto con claridad: pasamos gran parte de la vida intentando encajar, demostrar, llegar… pero muy poco tiempo simplemente siendo.
Cuando desaparecieron los títulos, las rutinas y todo lo externo, me quedé frente a mí: sin distracciones y sin personaje. Fue entonces cuando descubrí que muchas de las respuestas que buscaba fuera ya estaban dentro.
También entendí otra cosa: lo que más necesitamos no siempre es hacer más, sino crear espacios donde poder parar, sentir y conectar de verdad. De ahí nació mi proyecto.
Ahora creo encuentros para personas que quieren salir de la superficialidad, conocerse más profundamente y relacionarse desde lo real. Espacios donde no importa a qué te dedicas, cuánto tienes o qué imagen proyectas. Solo importa quién eres cuando nadie más te ve.
Si algo de esto resuena contigo, no has llegado aquí por casualidad.
